Pocos alimentos generan tanta incertidumbre entre las personas con diabetes como el queso. La preocupación es comprensible: se trata de un producto de consumo cotidiano en la mayoría de los hogares latinoamericanos, pero su fama de alimento graso lo rodea de mitos sobre su impacto real en los niveles de glucosa en sangre.
La respuesta técnica es más tranquilizadora de lo que muchos suponen: el queso, por su composición nutricional, no eleva de forma directa e inmediata la glucemia.
Especialistas en diabetes explican que esta característica se debe a que el queso aporta predominantemente grasa y proteína, con un contenido de carbohidratos comparativamente bajo frente a otros alimentos de consumo diario. Haría falta consumir cantidades considerablemente grandes de este producto para que su ingesta impacte de manera directa en los niveles de azúcar en sangre, un dato relevante en momentos en que la diabetes tipo 2 continúa expandiéndose en la región: la Organización Mundial de la Salud calcula que el número de personas que conviven con esta condición pasó de 200 millones en 1990 a 830 millones en 2022 a escala global, con América Latina entre las regiones de crecimiento más acelerado debido a la urbanización, el sobrepeso y los cambios en los hábitos alimentarios.
Cuál elegir y por qué
La recomendación técnica prioriza los quesos frescos bajos en grasa por sobre las variedades maduras, dado su menor densidad calórica y su perfil nutricional más liviano. Entre las opciones sugeridas figuran el queso cottage, el queso panela, el requesón, la mozzarella, el feta, el queso de cabra y el queso Burgos, todos ellos con niveles reducidos de carbohidratos y una carga de grasa considerablemente menor a la de los quesos curados o madurados durante períodos prolongados.
Esa diferencia no es solo una cuestión de preferencia gastronómica: durante el proceso de maduración, el queso pierde agua y concentra tanto grasa como sodio en una proporción mayor por gramo, lo que explica por qué las variedades frescas resultan nutricionalmente más convenientes para quienes deben vigilar de cerca su ingesta calórica y de sodio.
Los errores más frecuentes al consumirlo
El primer error habitual consiste en clasificar mentalmente al queso como una fuente de proteína, cuando en realidad su aporte principal corresponde a la grasa, lo que puede llevar a subestimar su densidad calórica dentro de la dieta diaria. El segundo error es asumir que todos los quesos son equivalentes, sin diferenciar entre un producto natural elaborado a partir de leche y cuajo, y uno altamente procesado que incorpora saborizantes, colorantes y conservadores adicionales, ingredientes que pueden generar efectos indirectos sobre la salud metabólica más allá del simple aporte de carbohidratos. El tercer error frecuente es ignorar el contenido de sodio, un mineral presente en cantidades significativas en muchos quesos comerciales y que resulta especialmente relevante para pacientes con diabetes, quienes suelen presentar mayor riesgo cardiovascular asociado.
Una combinación inteligente en el plato
La recomendación práctica más consistente entre los especialistas es integrar porciones moderadas de queso natural junto con vegetales y granos enteros, construyendo un plato equilibrado donde la grasa y la proteína del queso se complementen con la fibra y los carbohidratos de absorción lenta de otros ingredientes. Leer con atención el etiquetado nutricional antes de comprar, priorizando siempre productos naturales sobre ultraprocesados, se consolida como el hábito más determinante para disfrutar del queso sin comprometer el control metabólico.
Este es un tema de salud sensible: si tienes diabetes u otra condición metabólica, consulta siempre con un profesional de la salud antes de hacer cambios en tu alimentación.





